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Tan lejos y sin embargo tan cerca

Media Coverage

Publication Name

The Dominion Post

Author(s)

Gregory O'Brien

El poeta y curador de arte de Wellington, Gregory O’Brien, escribe desde Isla de Pascua, donde ayudó a instalar la exposición “Kermadec: Nueve artistas en el Pacífico Sur” en el hall del liceo de Hanga Roa.

Cualquier exposición de arte contemporáneo de cierta importancia que se instale en una isla del Pacífico es un hecho raro e inesperado, pero lo es incluso más en Isla de Pascua, que también resulta ser el asentamiento humano más remoto del planeta. ¿Cómo se recibiría una muestra de pinturas, fotografías y esculturas contemporáneas de Nueva Zelandia en un lugar tan intensamente asociado con un pasado distante, particularmente con sus famosas estatuas de piedra, los moai?

En una isla donde casi todas las visitas son turistas, ansiosos por regresar a casa con fotografías digitales y suvenires, el hecho de que hubiéramos traído algo para los habitantes –una exposición– fue recibido primero con sorpresa, y luego, con gratitud y gran entusiasmo.

Esta exposición centrada en el océano también desencadenó apasionadas discusiones sobre el uso y abuso que se hace del Pacífico.

Entre los que acompañaron la exposición estuvieron Robin White, John Pule, Bruce Foster y el curador/artista de la City Gallery de Wellington, Reuben Friend.

Con más de 100 asistentes, la exposición fue inaugurada con discursos, la bendición del sacerdote local y una bienvenida tradicional al estilo rapa nui. Hubo tambores, bailes y, en el momento preciso, se sacó un pollo asado de la tierra humeante frente al liceo; este luego fue presentado como ofrenda a los visitantes, quienes debían cortar un trozo y comer. Después de las formalidades, todos ingresaron al salón.

Kermadec, la exposición itinerante por las islas, se exhibió hace dos meses en la Alta Comisión de Nueva Zelandia, en Nuku’alof, Tonga, donde recibió miles de visitantes. Una versión más grande de la muestra se presentó a principios de año en Tauranga y Aukland y se montará en la City Gallery de Wellington, en octubre. A partir de este éxito, el patrocinador del proyecto –la Iniciativa Kermadec de Pew Environment Group– decidió que la exposición sería un medio perfecto para estimular el debate sobre la conservación oceánica en Isla de Pascua, donde los colegas de Pew ya sostenían conversaciones con el pueblo rapa nui y el Gobierno de Chile sobre este tema.

Durante su estadía en la isla, los artistas visitaron algunos de los 800 moai de piedra. White pintó con los dedos usando tierra volcánica y creó imágenes utilizando una cámara estenopeica. Pule escribió poesía sentando frente al océano que “transforma las piedras en rostros que fijan su mirada cansina en el cielo”. Fue emocionante y a la vez inspirador pararse sobre un montículo de tierra en medio del océano más grande del mundo y, con la mirada fija en el horizonte, observar la curvatura del planeta.

Sin embargo, incluso aquí vimos perplejos los evidentes impactos que los seres humanos dejan en el medioambiente. En la playa Anakena, de importancia histórica, partículas de plástico azul y blanco se confundían con la arena traslúcida. Una mañana en Tongariki, en un peñasco rocoso a unos pocos metros del grupo más grande y conocido de antiguas estatuas de la isla, encontramos a una mujer, Piru Huke, quien nos contó que ha estado recogiendo basura en esa costa todos los días durante los últimos 25 años.

Entre los objetos recuperados ese día había cuerdas, baldes, bolsas, redes y bidones plásticos (en dos de los cuales, para nuestra vergüenza, se leía: “Propiedad de Sandfords, South Island, NZ”). La mujer nos dijo que estaba haciendo una obra de arte como contraparte a la exposición de los neozelandeses. Más tarde ese mismo día, ubico su “instalación” –algunas camionadas de estos restos flotantes (todos los cuales habían sido recogidos en los últimos días)– en el patio del liceo, detrás del salón de la exposición. Para subrayar aún más el punto de que todos los océanos son el mismo, y de que todas sus partes están interconectadas, puso un cartel indicando el país de origen de los desechos, entre los cuales también figuraba Aotearoa (uno de los nombres maorí de Nueva Zelandia).

Toda suerte de personas visitaron la exposición: turistas, oficiales navales chilenos, niños, el Alcalde de Rapa Nui, el sacerdote local, pescadores y artistas locales. Los habitantes reconocieron la energía y la naturaleza oceánica de las obras; se conectaron con la mezcla de historia y mito de Pule y con las grandes tapas de White (la Isla de Pascua tiene su propia tradición de producción de tapas). El libro de visitas recogió comentarios entusiastas en español, rapa nui e incluso unos pocos en inglés. Todos los días, las lugareñas se ocupaban de los magníficos arreglos de plantas que adornaban el salón, adentro y afuera.

Debajo de los murales-esculturas hechos con escarapelas de Elizabeth Thomson, una niña dejó un nido tejido con increíble delicadeza. Sin embargo, al observarlo de cerca se veía que el objeto estaba hecho de colillas de cigarrillo y otros desechos humanos, como para reiterar lo planteado por Piru Huke.

Junto a los niños del lugar, los artistas pintaron un mural fuera del salón –un homenaje al océano y a la vida en la isla– así como dos pequeños frisos al interior del edificio. Al lado del pez volador pintado por White, a la lagartija de Friend y al espíritu-dragón oceánico de Pule, yo dejé este pequeño poema:

Mi cabeza de piedra
Tu cuerpo terreno
Nuestro océano

 Si bien las cabezas de piedra de Isla de Pascua son famosas por mirar tierra adentro, la humanidad necesita mirar con detención y creatividad en la otra dirección, hacia el mar, para reconocer la importancia de los océanos y ver cómo encajamos en ese esquema. Ese fue el tema de la travesía Kermadec hace un año, un mensaje que actualmente se escucha fuerte y claro en las lejanías del Océano Pacífico, tal como sucede en la mente de muchos neozelandeses.

 
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